2 de abril de 2014

Una cuestión de confianza


Pasando por alto el tema de que Aurora y su hermano se paseen por el escenario de un crimen múltiple sin que nadie les cierre el paso o que se haya echado en falta una pitillera sin mover el cadáver de su propietario, hay algo que me ha chirriado sobremanera en la escena con Conrado en Otero.
No me ha gustado la actitud de Aurora, al dudar, ni que sea brevemente, de él. Afortunadamente Conrado andaba ofuscado y al parecer no le ha prestado mucha atención, pero no me hubiera supuesto ninguna sorpresa que se hubiera molestado con la chica ante la pregunta de si él era el culpable.
Es cierto que éste mostró anteriormente su intención de no dejar zanjado un asunto que durante años le ha amargado la vida sin motivo, y que por lo tanto haya buscado al que creía su amigo para echarle en cara esto y su traición. Pero ello no implica que además su intención fuera hacer justicia por su cuenta. Creo que hasta este punto va un trecho que Conrado no cruzaría, por mucho que la rabia le ciegue. 
Dicen que el amor está basado también en la confianza, y en esta ocasión, incluso María ha mostrado más cordura que Aurora y Martín. No me basta que ambos hermanos hayan intentado entender, ni siquiera justificar, los motivos que podrían haber impulsado a Conrado a cometer semejante locura, porque lo primero que han hecho ha sido poner en cuestión la presunción de inocencia. Lo admito, no me ha gustado nada, aunque también es posible que lo haya interpretado mal.
El caso es que ha quedado demostrado que era imposible que Conrado fuera el asesino. Ya habría sido el no va más que volvieran a imputarle algo que no ha hecho.
Y cada vez parece más claro quién es el verdadero culpable: Lesmes.
Ahora sólo falta que alguien empiece a atar cabos y hable, incluido el alcalde que sabe que fue el médico quién denunció a Conrado.
Que, por cierto, al parecer no acaba de tragarse la historia de la entrega de los documentos. Su cara de escepticismo es de lo más elocuente. 

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